Cuan extraño es volver a esta cabaña que alguna vez fue el refugio para escaparnos de todo, despellejándonos de la rutina y los correos del trabajo enviados con prioridad alta.
Ahora la casa se encuentra vacía,
con sus habitaciones vacías,
la cava está vacía,
la cama está vacía,
todos los rincones vacíos,
envueltos en telarañas y pequeños bichitos de las formas más extrañas que caminan por los recovecos de la madera que se va pudriendo cada día, sumándose a ese vacío para hacerlo más sólido y tangible.
Me despierto tarde sin poner el despertador para evitar tener conciencia del tiempo que se hace eterno, pero al segundo siguiente ya se fue el día sin haber concretado ninguno de los planes escritos en las notas del teléfono.
Desayuno un par de huevos con tortilla viendo las copas de los árboles. Siento el movimiento del planeta girar sobre su propio eje y yo meciéndome en ese avanzar como un péndulo que flota en el aire lentamente. El perrito está conmigo, el perrito a veces ladra, de seguro cree escucharte venir desde la habitación hacia la cocina, o saliendo del baño hacia el comedor, o caminado por fuera de la casa mirando los peumos plantados y que ya no veremos crecer. De seguro te extraña, a veces mueve los ojos y sus patillas suavemente sumido en el más profundo de los sueños.
Y a veces yo también siento una presencia que me acompaña, un crujir de la madera que se expande y contrae con el calor de la tarde, y trato de convencerme de que es solo el viento o algún ratoncillo que no pescó el veneno detrás del mueble de la cocina.
Sobre todo en las noches cuando trato de poner la música más fuerte en el parlante portátil para evitar escuchar pasos, o que se cierre una puerta de pronto, o que se mueva un platillo de lugar. Pero a veces pienso que sí, que algo de ti quedó aquí en la cabaña, mucho antes de que se llenara de una hiedra que cubriera y empezara a carcomerla. Tal vez es el recuerdo que toma forma, pero el recuerdo de los buenos momentos, de las risas y no de los llantos, de los abrazos y no de la indiferencia, del amor y no de la traición, de soñar en conjunto un futuro conmigo y no con alguien más, cuando yo era tu mundo entero y este nuestro refugio secreto.
Y entonces decido aceptar ese recuerdo palpable y pongo una canción para evocarlo. La noche es fresca y agradable, tomo un vino tinto que compré en el negocio del pueblo más cercano, me sirvo una copa y brindo por un futuro incierto mientras bailo un vals inventado contigo pero sin ti, abrazados pero en solitario, besando una mejilla que no existe ni volverá a existir, creyendo sentir unas manos que me acarician la cara, secando una pequeña lágrima que no se seca del todo y cae en silencio en el piso resquebrajado de esta cabaña abandonada.