jueves, 1 de octubre de 2026

Tortícolis, chocolate y misterios

A T. no tienes que buscarlo. Él es capaz de encontrarte y llegar hasta tu departamento sin siquiera saber que necesitabas un mousse de chocolate en esta tarde de domingo de comienzos de noviembre.

Tiene la habilidad de encontrar la cura —al menos momentánea— para una jodida tortícolis con un par de besos en el cuello, para luego recorrerte por completo, deteniéndose justo en esos lugares que más te hacen temblar.

Y juntos van reconociéndose dentro de esa maraña de fantasías que entretejen las redes neuronales de la vida cola adulta, ayudándote a descifrar algunos de los misterios que esconden tu corteza cerebral, tu aura y las terminaciones nerviosas de un cuerpo que T. parece estimular con demasiada facilidad, mientras te entregas

y aprietas

y frotas

y humedeces

y escupes

y acaricias

y rozas

y vuelves a frotar

para apretar una vez más antes de explotar en ese suspiro que todavía recuerdas por la noche, justo antes de dormirte solo, abrazado a la almohada y preguntándote en qué baño de qué gimnasio volverán a encontrarse.

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