miércoles, 19 de noviembre de 2025

soledades/trenes/corazones CL

Qué es esta soledad entre tanto ruido, entre el bullicioso constante del ir y venir de nosotros, de él,  de lo vuestro, de aquello. Qué es eso de ti sin estar de mí y de mí sin estar de ti, cuando el nosotros ya era una historia solitaria descrita de principio a fin. ¿Está bien, acaso, el tener que depender de un otro para compartir soledades o al menos aparentar que los vacíos no existen o son moléculas pequeñas tal como los neutrones que giran en un abismo sin nunca ver a los electrones girando también a su alrededor, formando parte del mismo átomo?


Siempre ocurrió así, lo de acompañarse sin tenerse y el tenerse sin acompañarse, el estar por el otro para dejar  de estar por sí mismo. Ahora bien, cuál es esa soledad que es la más grande de todas. Será cuando te abandonas a ti mismo, cuando tratas de desprenderte de una realidad que no existe, una imagen inventada para tu perfil de las redes sociales: chico buscando a chico, unmetroochentaytres, versátil, para juntarse ahora mismo en mi lugar o tu lugar o en un bar, me apareces a 216 metros distancia. Tal vez eso es lo más triste de todo, el dejarse solo a uno mismo para vestirse con el corpóreo del Dr. Simi y aparentar ser un otro que nunca se fue, mentirle al niño que llevas dentro, dejarlo encerrado en el baño del colegio para que no lo molestaras tú mismo, que es ahora quien le está  haciendo bullying, el que lo está esperando en el pasillo para empujarlo a un rincón y burlarse de sus modos, de su cotona larga y sus juegos de niña.


Dentro de todo el paso del tiempo sigue siendo algo subjetivo,  tu realidad diferente a la mía, crearse su propia opinión. 


Nada de esto sirve en esta época, todo va girando en espirales de viento, turbulentos y retumbantes, que van desplomando edificios  neuronales sin lograr alcanzar las conexiones ni las sinapsis para que digas: sí, has logrado avanzar tres pasos, has logrado subir la montaña escalándola sin bastones y llegaste a las cascadas metafísicas que te transportan a todas esas soledades que se guardan dentro tuyo, sin saber por donde irán los circuitos ni las rutas de todos los trenes que no has tomado, todos los corazones que no te han enviado o peor aún, todos los corazones que te han enviado pero que no los has sabido tomar a tiempo.

lunes, 10 de noviembre de 2025

Un pajarito solitario

Me superpongo en esta realidad que da vueltas como la luz estroboscópica de una discoteca de los años 90. Otra vez ir y volver entre multiversos, tratando de mantenerse erguido para no desintegrarse ante la solidificación de esta extraña vida moderna. 


Y estoy frente a la vereda de lo que alguna vez fue un hogar, un tercer piso en calle Huelén en un día de invierno caluroso, pronóstico de un verano que será insosteniblemente abrasador. Escucho el aleteo de los pajaritos sobre las ramas de los árboles, que sacuden las hojas secas, soltándolas y dejándolas caer en la vereda chueca por las raíces del mismo árbol. Y esos pajaritos son los bisnietos de los que presenciaron aquella vida en retrospectiva. La vida de dos jóvenes que en aquel entonces tenían el sueño de un por siempre jamás el uno al lado del otro. Ahora soy ese pajarito de ayer y de hoy, mirando de lado y con movimientos rápidos, esperando ver a esos jóvenes llegar desde Eliodoro, sacar las llaves del departamento y hacer sonar el llavero, abrir la pesada puerta de fierro y empujarla para adentrarse en un pasillo antiguo, frío y tenebroso. La puerta se cerraría con un golpe seco pero tiritón haciendo retumbar el gélido metal duro. 


Pero me quedo esperando como pajarito toda la mañana y toda la tarde y no llega nadie. 


Las hojas se van secando, 

las hojas se van cayendo, 

las hojas se van aplastando. 


Hasta que aparece uno de los chicos, pero viene solo caminando desde Providencia. Se sienta en una banca vacía y se queda mirando la terraza del departamento, como recordando algo de vidas pasadas, un canto bajito llegando de tierras remotas, el aroma de una quesadilla en el desayuno, el ir y venir de una habitación a otra, el deseo de un futuro pleno y acompañado. Tal vez todo eso o tal vez nada al mismo tiempo. Quién sabe que estará pensando, quién sabe de dónde vendrá, pero se le ve tranquilo, con los ojos tiernos y con un esbozo de sonrisa en los labios. Algo va renaciendo en esa nueva soledad en que se ha transformado todo.