Quisiera dejar de desear la presencia de alguien más, omitiendo la necesidad de diluirme en un otro para así caminar solitario por este bosque que podría ser Arcadia y yo un elfo pequeñito en búsqueda de portales mágicos hacia otras dimensiones. Decido entonces soltar una mano imaginaria que coge la mía para guiarme entre la niebla y paso a encaminarme sin un rumbo claro, pero moldeando un sendero planteado desde mi perspectiva.
Eso es lo que importa en esta alegoría. Trasmutar el todo y la nada al mismo tiempo, pero poniendo en el centro de la galaxia a la nada, para enaltecerla y celebrarla, porque qué sería de uno mismo sin esa nada, sin los vacíos que existen para ser llenados por cualquier ínfima cosa como una planta, un libro de terror o el sabor de una copa de Cabernet Franc servida un domingo por la tarde mirando el cielo desde la terraza.
Habito ahora ese espacio que existe de silencio y carencia, rasguñándolo con mis propias manos vacías (nuevamente) pero queriendo llenarlo con el más puro de los deseos, el que se forja internamente, para salvar el alma perdida de una vida a oscuras, contrariando al destino que parece sombrío para llenar todo de luz, plumas y lentejuelas.
De nuevo la nada y el todo, de nuevo sigo caminando a cuestas en este bosque en solitario en penumbras y yo ya no soy yo, dejo de lado mi esencia y soy ahora eso que es nada y todo a la vez, lo muerto que da vida y vuelve a morir nuevamente:
Un tronco carcomido por el moho;
Una rama que alza sus brazos resquebrajados hacia el cielo;
Las pelusillas que sueltan los nothofagus durante las tardes de febrero;
La roca que está en el fondo del estero renegado para ser erosionada por lo siglos de la turbulencia de su caudal.
Cuando ya casi me encuentro al borde del bosque, ese lugar que separa en una delgada línea el tiempo y el espacio, tomo por fin una pausa. Cojo aire de una bocanada y miro hacia atrás en este camino que he recorrido. No dejé migas de pan en el trayecto, para que nadie pudiera encontrarme, pero también para olvidar el rastro del retorno de la que alguna vez fue mi casa, porque ahora el destino está hacia adelante,
o hacia abajo
o hacia arriba
o hacia atrás
o en cualquier dirección siempre que vaya avanzando a mi propio ritmo.