Cuan efímero este sentimiento, que se entremezcla con la ilusión errada del inicio inventado de una historia un tantito memorable, luego de los acontecimientos desafortunados del último tiempo. Porque a pesar del esfuerzo, todo se disuelve en el tecito de un lunes por la tarde de octubre y sabe tan pero tan amargo ser el mismo soñador de siempre, como si 17 años se hubieran desvanecido en un suspiro.
Porque el beso fue disfrutado en el nanobyte que perduró en mis labios, para luego perderte entre tantas fotografías, entre miles de historias que preferiría no mirar ni comentar, esperando tu reacción que no llega y que, con alta probabilidad, no llegará jamás.
Qué instantáneo es todo este mundo nuevo. Tanto que al cerebro le cuesta remojarse en esta realidad que choca con los pilares construidos de la identidad adulta, confundiendo las hormonas y las luces y las caricias y los anuncios de las nuevas películas de terror que se estrenarán y que ya no iremos a ver al cine.
Y qué queda de aquel encuentro cuando hagas match con otro que se deje hacer las cosas que tanto quieres hacer y que yo no me atreví, ya porque no era el momento, ya por inseguridades que tendré que seguir tratando en terapia o revisar nuevamente mis planetas en la carta astral, para entender de qué forma se entrecruzan estos caminos, de qué manera compatibilizan dos personas que llenan de luces el mundo entero cuando se funden el uno con el otro, pero cuando no se rozan las manos la noche queda sin nebulosas ni galaxias, sumida en una penumbra oscurísima y decepcionante.
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