Durante mucho tiempo he escrito en este blog desde una mirada creativa, torciendo un poco la realidad, para llevar mi imaginación a lugares donde se pueda sobrevivir a una vida monocromática que, a menudo, suele ser un tantito dura y cruda. Pocas veces he llevado mi narrativa a una descripción fidedigna de la realidad, porque al final ¿qué es la realidad para uno y qué es para otros?
Si la vida resulta ser este desafío diario de tener que existir, así, desnuda y sin maquillaje, me parece bastante aburrida la verdad. Por lo que ponerle make up de Drag Queen, pegarle pestañas y pintarle los labios rojo carmesí para embellecerla un poco, no me parece nada de malo. Así evitamos caer en una apoptosis de cuerpo y alma.
Heme aquí por primera vez (tal vez), escribiendo desde una vereda más concreta.
Los siguientes relatos son parte de una bitácora de un viaje interior que me auto-impuse, para deconstruirme. Y en este viaje hubo ciertos chicos en quienes, de alguna manera, me vi reflejado. No importan muchos sus nombres, sino más bien cómo me fui descubriendo a través de ellos para liberarme de ataduras con las que cargaba desde hace miles de años (esto no es una metáfora).
Y quizá a través de ellos, me fui proyectando en este nuevo yo, dejando en pausa ese tal-vez-quizá-podría-ser, para por fin ser el protagonista de mi propia historia.
Estos son algunos de esos relatos, escritos de la forma más verdadera que he intentado hasta ahora.
(Spoiler: existe igualmente un poco de fantasía. Sorry, hay cosas que no tienen cura.)
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