Todo orbita alrededor de D. cuando aparece, como si tuviera un efecto gravitacional sobre el cosmos y las distintas realidades que nos definen. Por eso quizá es tan extraño tener el privilegio de girar alrededor de su rotación, como una luna que moldea sus mareas, el vuelo de los pájaros, la música que suena en el parlante de su pieza, las luces que destellan desde su sonrisa en el karaoke de Fausto, el compás de un ritmo pop mezclado en la discoteca.
Pero más extraño es notar que, a veces, te permite a ti el ser el centro de la galaxia, observando su luz girando alrededor tuyo y no al revés. Quizá eso es uno de las recuerdos más entrañable de una noche de sábado fervorosa e improvisada.
D. trae consigo muchas heridas que le ha deparado la vida. Algunas de ellas las cubre detrás del bigote. A pesar de todo, su sueño es tan apacible y profundo. En sus ojos cerrados y sus pestañas largas se funden la noche, las luces de la ciudad, el humo de sus cigarros artesanales, las copas de vino tinto.
Todo eso, con nuestros besos en la mañana al despertar, gira también alrededor de él, en un anillo de escombros galácticos en la estratósfera de su vida.
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