Cómo no atraparse con R. cuando su presencia ocupa el edificio entero y hace temblar sus frágiles cimientos, dejando grietas visibles en el departamento cuando se marcha en la madrugada y queda poco para que suene la alarma y tener que levantarse para ir a la oficina.
Difícil escapar de sus abrazos, imposible no recorrer su espalda con los labios y no dejarse agarrar por su lengua que te envuelve por completo, enredándote como la más peligrosa de las telarañas. Y aunque quisieras desprenderte de sus manos, te das cuentas que estás corriendo sin salida por el laberinto de Villa Pisani, por lo que es casi imposible arrancarse y encontrar escapatoria.
Porque R. aparece justo en el momento indicado, cuando ya ibas cerrando un primer capítulo de lo que ha sido tu vida este último tiempo para comenzar a escribir la segunda parte, pensando qué él sería un personaje que encontrarías en un sauna gay, pero tal vez es más que un escrito que nadie nunca leerá (como estas mismas palabras que estás escribiendo), es más bien el separador que marca las páginas que dejas pendientes por leer cada noche.
Luego de un rato te suelta y te deja al fin respirar, pero vuelve a envolverte con sus palabras y la descripción de su miles de crisis que ha tenido en su vida, mientras lo abrazas desnudo y con una mano acaricias su piel, con la otra sus cabellos alocados.
Y cuando comienzas a hablarle de ti te suelta de nuevo un “no te atrapes”, como si fuera tan sencillo despojarse de su aliento, su sabor y su aroma que te acompañan en la piel por el resto de la semana.
