viernes, 11 de septiembre de 2026

X

F. cobra barato y le puedes pedir un Uber para que se venga a tu departamento. No anda con rodeos y hace bien su trabajo, cumple con lo prometido. Tiene un cuerpo esculpido al detalle, entrena cinco veces por semana. Hace un sexo oral que te vuelve loco, de esos que solo habías visto en videos, con una facilidad que impresiona. 

Te sorprende lo joven que es, lo mucho que tiene aún por vivir. Estudió una carrera universitaria en Cali, Colombia, pero nunca se dedicó a aquello. Le rentaba más este tipo de trabajo, clientes no le faltaban.


Tiene planes de dejar Chile, conseguir una mejor vida para su madre con quien vive en un pequeño y deplorable departamento en Independencia. 


En un par de semanas vuela a Barcelona para unas merecidas vacaciones. 


Vuelves a pensar en que debería tener un futuro más próspero, explotar mejor sus habilidades. Esa misma noche encontraste en X sus videos para adultos y las cientos de colaboraciones que ha hecho con actores porno. 


Tal parece que sus habilidades ya estaban siendo bastante bien explotadas. 

jueves, 10 de septiembre de 2026

Selva

Dice que se llama G., pero probablemente sea un nombre inventado para que no lo reconozcan ni pudieran stalkearlo por redes sociales. Nació en Venezuela, en algún lugar de la llanura, y hace unos años emprendió su viaje hacia el sur del mundo, sin mucho qué ganar, con tantas cosas que perder. Primeramente, se instaló en Lima un par de meses para probar suerte, pero rumores de tierras aún más lejanas le llegaban constantemente, manteniendo vivo dentro suyo el deseo algo mejor. Un tiempo después cruzó ilegalmente la frontera del norte de Chile y se instaló en Santiago, con una colección de sueños por cumplir. 


Y ya verá cómo logrará alcanzar esos sueños. Mientras tanto se dedica a hacer masajes tántricos a hombres con final feliz cuando los clientes colaboran en el proceso. Y quizá, sin saberlo, a algunos clientes también les mantiene vivo el deseo de algo mejor.


miércoles, 9 de septiembre de 2026

El primer beso (después de 17 milenios)

A. te sorprende con cada cosa que hace. Tiene los ojos del color del mar del caribe cuando se junta con el cielo en un abrazo fraterno. Es un tanto impredecible y nunca sabes que esperar de él. A veces está popeado, otras veces está volado en marihuana, otras, tal vez, empastillado, lo que lo vuelve aún más espontáneo. De esa forma encanta y entretiene. Da gusto seguirlo cogido de la mano entre la fiesta llena de colas fuertes hasta encontrar un espacio para los dos donde pedirle un beso no cause culpa, el primero después de 17 años besando los mismos labios. 

A. a veces baila conmigo, parece que no le gusta que le besen el cuello. A. veces termina bailando y besándose con alguien más mientras la noche va avanzando. Yo me quedo en un rincón de la fiesta mirándole, pero no me molesta, ya no tengo dieciséis (aunque la crisis existencial que tuve encerrado en el baño del círculo español sugiera lo contrario).


Avanza la noche y no queda de otra que pedir el Uber e irse al departamento sin él. 

lunes, 7 de septiembre de 2026

Durante mucho tiempo he escrito en este blog desde una mirada creativa, torciendo un poco la realidad, para llevar mi imaginación a lugares donde se pueda sobrevivir a una vida monocromática que, a menudo, suele ser un tantito dura y cruda. Pocas veces he llevado mi narrativa a una descripción fidedigna  de la realidad, porque al final ¿qué es la realidad para uno y qué es para otros? 


Si la vida resulta ser este desafío diario de tener que existir, así, desnuda y sin maquillaje, me parece bastante aburrida la verdad. Por lo que ponerle make up de Drag Queen, pegarle pestañas y pintarle los labios rojo carmesí para embellecerla un poco, no me parece nada de malo. Así evitamos caer en una apoptosis de cuerpo y alma. 


Heme aquí por primera vez (tal vez), escribiendo desde una vereda más concreta. 


Los siguientes relatos son parte de una bitácora de un viaje interior que me auto-impuse, para deconstruirme. Y en este viaje hubo ciertos chicos en quienes, de alguna manera,  me vi reflejado. No importan muchos sus nombres, sino más bien cómo me fui descubriendo a través de ellos para liberarme de ataduras con las que cargaba desde hace miles de años (esto no es una metáfora). 


Y quizá a través de ellos, me fui proyectando en este nuevo yo, dejando en pausa ese tal-vez-quizá-podría-ser, para por fin ser el protagonista de mi propia historia.


Estos son algunos de esos relatos, escritos de la forma más verdadera que he intentado hasta ahora.


(Spoiler: existe igualmente un poco de fantasía. Sorry, hay cosas que no tienen cura.)

domingo, 14 de diciembre de 2025

Yo no te pido la luna (de colores)


Mejor no esperar nada de esta noche de sábado. ¿Qué puede salir mal si tenemos esta ciudad entera para nosotros y poder embarcarnos en una cápsula del tiempo que nos haga retroceder a épocas remotas? Quien diría que después de una botella de vino tinto y chocolates Verona encontraríamos aquel escondite al lado del puente y frente al río, en un rincón que podría pasar desapercibido si no se le presta suficiente atención. Un lugar donde se amalgaman dimensiones de colores y plumas, en el que ambos fuimos protagonistas de nuestra propia película retro, dejando de lado los personajes secundarios que somos en la semana haciendo clases, teniendo reuniones durante el día y tratando de tener encuentros con desconocidos por la noche que nos hagan descargar este cortisol que nos mantiene con el corazón palpitando a cada segundo del día, olvidándonos por un rato de lo terriblemente solos que estamos. 


Y en este escondite viajamos del pasado al presente y al pasado nuevamente. Me vi a mí mismo sonriendo como no lo hacía desde hace mucho tiempo en los cristales plateados que refractan las luces de esta fiesta y doblegándolas al compás de una drag haciendo un lip sync de Kylie Minogue, y todos en esta nueva realidad fuimos capaces (aunque sea por un par de horas esta noche) de ser las mejores versiones de nosotros mismos, sin temor al qué dirán ni cómo nos veremos en las historias de instagram de los desconocidos que nos graban sin querer. 


Como me había propuesto hace un tiempo, todos mis colores salpicaron cuando mi corazón explosionó manchando las paredes, ahogándose dentro de tu tercer vaso de Tom Collins, enmudeciendo los micrófonos del karaoke cantando Rocío Dúrcal y Daniela Romo, empapando la peluca de la drag queen más icónica de Chile e impregando de bellos pigmentos a tus labios con los míos, abrazados en la noche, yo oliendo tu cabello con trazas de tabaco cuando ya estábamos de vuelta en tu apartamento en mitad de esta madrugada de nunca acabar. Tú siendo tan tú, con ese brillo en la mirada que se reproducirá en mi cabeza como un loop incesante por el resto de la semana, al tomarme un café en la mañana, al cruzar Santa Isabel en bicicleta, en medio de una reunión en la oficina, entre medio de tantos torrentes dando vueltas por mi mente (sí, alusión directa a La Gata bajo la lluvia).


Y mañana ya de nuevo es lunes, miro la ciudad desde la terraza, ahora solo en esta noche de domingo. Reviso el celular, no hay ningún mensaje tuyo y un círculo verde al lado de tu foto de perfil me indica que estás conectado a 477 metros de distancia. De seguro estas esperando un fueguito. Pero no me preocupo, no espero que me escribas y elimino la aplicación. Miro de nuevo la ciudad y entre sus luces creo que logro distinguir a lo lejos el destello de esos colores de la noche anterior aún proyectando su brillo hacia el cielo sin desvanecerse completamente del todo, perdiéndose con las estrellas que brillan también en lo alto del firmamento.






miércoles, 19 de noviembre de 2025

soledades/trenes/corazones CL

Qué es esta soledad entre tanto ruido, entre el bullicioso constante del ir y venir de nosotros, de él,  de lo vuestro, de aquello. Qué es eso de ti sin estar de mí y de mí sin estar de ti, cuando el nosotros ya era una historia solitaria descrita de principio a fin. ¿Está bien, acaso, el tener que depender de un otro para compartir soledades o al menos aparentar que los vacíos no existen o son moléculas pequeñas tal como los neutrones que giran en un abismo sin nunca ver a los electrones girando también a su alrededor, formando parte del mismo átomo?


Siempre ocurrió así, lo de acompañarse sin tenerse y el tenerse sin acompañarse, el estar por el otro para dejar  de estar por sí mismo. Ahora bien, cuál es esa soledad que es la más grande de todas. Será cuando te abandonas a ti mismo, cuando tratas de desprenderte de una realidad que no existe, una imagen inventada para tu perfil de las redes sociales: chico buscando a chico, unmetroochentaytres, versátil, para juntarse ahora mismo en mi lugar o tu lugar o en un bar, me apareces a 216 metros distancia. Tal vez eso es lo más triste de todo, el dejarse solo a uno mismo para vestirse con el corpóreo del Dr. Simi y aparentar ser un otro que nunca se fue, mentirle al niño que llevas dentro, dejarlo encerrado en el baño del colegio para que no lo molestaras tú mismo, que es ahora quien le está  haciendo bullying, el que lo está esperando en el pasillo para empujarlo a un rincón y burlarse de sus modos, de su cotona larga y sus juegos de niña.


Dentro de todo el paso del tiempo sigue siendo algo subjetivo,  tu realidad diferente a la mía, crearse su propia opinión. 


Nada de esto sirve en esta época, todo va girando en espirales de viento, turbulentos y retumbantes, que van desplomando edificios  neuronales sin lograr alcanzar las conexiones ni las sinapsis para que digas: sí, has logrado avanzar tres pasos, has logrado subir la montaña escalándola sin bastones y llegaste a las cascadas metafísicas que te transportan a todas esas soledades que se guardan dentro tuyo, sin saber por donde irán los circuitos ni las rutas de todos los trenes que no has tomado, todos los corazones que no te han enviado o peor aún, todos los corazones que te han enviado pero que no los has sabido tomar a tiempo.

lunes, 10 de noviembre de 2025

Un pajarito solitario

Me superpongo en esta realidad que da vueltas como la luz estroboscópica de una discoteca de los años 90. Otra vez ir y volver entre multiversos, tratando de mantenerse erguido para no desintegrarse ante la solidificación de esta extraña vida moderna. 


Y estoy frente a la vereda de lo que alguna vez fue un hogar, un tercer piso en calle Huelén en un día de invierno caluroso, pronóstico de un verano que será insosteniblemente abrasador. Escucho el aleteo de los pajaritos sobre las ramas de los árboles, que sacuden las hojas secas, soltándolas y dejándolas caer en la vereda chueca por las raíces del mismo árbol. Y esos pajaritos son los bisnietos de los que presenciaron aquella vida en retrospectiva. La vida de dos jóvenes que en aquel entonces tenían el sueño de un por siempre jamás el uno al lado del otro. Ahora soy ese pajarito de ayer y de hoy, mirando de lado y con movimientos rápidos, esperando ver a esos jóvenes llegar desde Eliodoro, sacar las llaves del departamento y hacer sonar el llavero, abrir la pesada puerta de fierro y empujarla para adentrarse en un pasillo antiguo, frío y tenebroso. La puerta se cerraría con un golpe seco pero tiritón haciendo retumbar el gélido metal duro. 


Pero me quedo esperando como pajarito toda la mañana y toda la tarde y no llega nadie. 


Las hojas se van secando, 

las hojas se van cayendo, 

las hojas se van aplastando. 


Hasta que aparece uno de los chicos, pero viene solo caminando desde Providencia. Se sienta en una banca vacía y se queda mirando la terraza del departamento, como recordando algo de vidas pasadas, un canto bajito llegando de tierras remotas, el aroma de una quesadilla en el desayuno, el ir y venir de una habitación a otra, el deseo de un futuro pleno y acompañado. Tal vez todo eso o tal vez nada al mismo tiempo. Quién sabe que estará pensando, quién sabe de dónde vendrá, pero se le ve tranquilo, con los ojos tiernos y con un esbozo de sonrisa en los labios. Algo va renaciendo en esa nueva soledad en que se ha transformado todo. 


martes, 14 de octubre de 2025

El Wayna Picchu interno

Yo no sabía que todos teníamos un Wayna Picchu adentro desde que nacemos. No tenía ni idea. Tuve que recorrer kilómetros para entenderlo y fraccionar el destino de mi vida en dos senderos: lo que fue de esas vidas pasadas y lo que será de ahora en delante el rumbo de un sueño apropiado. 


Y el sentido de llevar esta montaña dentro no es tan solo apreciarla desde lejos y tomarte millones de selfies para subirlas a tus redes sociales. No, la montaña fue hecha para ser escalada. El problema es decidir cuándo atreverse, cuándo dejar atrás las ataduras que te anclan a tu silla sin dejarte posibilidad de actuar, sin poder decir algo porque podría incomodar al resto, levantar una mano o girar apenas la cabeza. Porque has aprendido que siempre vivirá dentro tuyo esa vocecilla que te dice que no eres lo suficiente bueno, que no serás capaz de lograr dar un paso sin tambalearte y caer en un abismo sin fin, mientras procrastinas cada tarea para dejar que el tiempo se vaya más rápido. O que no podrás solo con todo eso que te estás llevando a cuestas, que la mochila y los bototos de trekking son demasiado pesados para que tú seas capaz de atravesar esta montaña y alcanzar su cima. Así que la mayor parte del tiempo le hiciste caso a ese murmullo interno, quedándote quieto en tu asiento y limitándote a ver las historias de otras personas que se aventuraban dejándolo todo atrás, preguntándote cómo sería dar el salto a ciegas hacia la montaña mientras programabas cada día tu alarma para levantarte a la misma exacta hora cada día, de cada semana, de cada mes, de cada año, de cada vida.


Y ahora sin lograr reconocerte a ti mismo todavía , te desconcierta verte sobre lo más alto del Wayna Picchu interno, mirando desde arriba todo lo que has logrado, el camino que has recorrido dejando en el rumbo litros de sudor y lágrimas, escalando las rocas frías y resbaladizas, con el precipicio a un lado siempre acechándote y llamándote a mirar hacia abajo, para dar un paso en falso y tambalearse. Pero a pesar de todo eso, por más difícil y duro que fuese el camino, por mucho que faltara el oxígeno en tus pulmones apunados, fuiste capaz de arrancarte de aquellas cadenas y romperlas, venciendo el más terrible de los miedos para seguir tu propio sendero hasta esa montaña. Ya no sientes el terror de antaño, solo una gran calma y serenidad por haberte atrevido y no quedarte quieto en tu silla mordiéndote como siempre las uñas.


Tomas un video con tu teléfono para guardar un recuerdo de aquel momento como queriendo atrapar el sentimiento y no dejarlo ir [y volver a ver esos vídeos en las noches oscuras en las que dudes de si todo aquello fue real o inventado por una inteligencia artificial]. En lo alto de la cima, ves a lo lejos sentado en una piedra al inicio del sendero al antiguo Pedro que se quedó allí petrificado y enraizando una vida que no le pertencía, que se quedó con la pregunta sin respuesta. Levantas un brazo y lo bates de un lado a otro en el aire saludándole, esperando que ojalá te vea, alentándolo a que no se rinda y que se atreva, porque sí podrá lograrlo, pero no estás seguro si te vio realmente. Coges aire nuevamente y suspiras, te pones tu mochila y te preparas a emprender el camino cuesta abajo.




Machu Picchu, julio 2025