martes, 22 de septiembre de 2026

Laberinto de Villa Pisani

Cómo no atraparse con R. cuando su presencia ocupa el edificio entero y hace temblar sus frágiles cimientos, dejando grietas visibles en el departamento cuando se marcha en la madrugada y queda poco para que suene la alarma y tener que levantarse para ir a la oficina.

Difícil escapar de sus abrazos, imposible no recorrer su espalda con los labios y no dejarse agarrar por su lengua que te envuelve por completo, enredándote como la más peligrosa de las telarañas. Y aunque quisieras desprenderte de sus manos, te das cuentas que estás corriendo sin salida por el laberinto de Villa Pisani, por lo que es casi imposible arrancarse y encontrar escapatoria. 


Porque R. aparece justo en el momento indicado, cuando ya ibas cerrando un primer capítulo de lo que ha sido tu vida este último tiempo para comenzar a escribir la segunda parte, pensando qué él sería un personaje que encontrarías en un sauna gay, pero tal vez es más que un escrito que nadie nunca leerá (como estas mismas palabras que estás escribiendo), es más bien el separador que marca las páginas que dejas pendientes por leer cada noche.


Luego de un rato te suelta y te deja al fin respirar, pero vuelve a envolverte con sus palabras y la descripción de su miles de crisis que ha tenido en su vida, mientras lo abrazas desnudo y con una mano acaricias su piel, con la otra sus cabellos alocados. 


Y cuando comienzas a hablarle de ti te suelta de nuevo un “no te atrapes”, como si fuera tan sencillo despojarse de su aliento, su sabor y su aroma que te acompañan en la piel por el resto de la semana. 

lunes, 21 de septiembre de 2026

Interludio

Cuan efímero este sentimiento, que se entremezcla con la ilusión errada del inicio inventado de una historia un tantito memorable, luego de los acontecimientos desafortunados del último tiempo. Porque a pesar del esfuerzo, todo se disuelve en el tecito de un lunes por la tarde de octubre y sabe tan pero tan amargo ser el mismo soñador de siempre, como si 17 años se hubieran desvanecido en un suspiro. 

Porque el beso fue disfrutado en el nanobyte que perduró en mis labios, para luego perderte entre tantas fotografías, entre miles de historias que preferiría no mirar ni comentar, esperando tu reacción que no llega y que, con alta probabilidad, no llegará jamás. 

Qué instantáneo es todo este mundo nuevo. Tanto que al cerebro le cuesta remojarse en esta realidad que choca con los pilares construidos de la identidad adulta, confundiendo las hormonas y las luces y las caricias y los anuncios de las nuevas películas de terror que se estrenarán y que ya no iremos a ver al cine.


Y qué queda de aquel encuentro cuando hagas match con otro que se deje hacer las cosas que tanto quieres hacer y que yo no me atreví, ya porque no era el momento, ya por inseguridades que tendré que seguir tratando en terapia o revisar nuevamente mis planetas en la carta astral, para entender de qué forma se entrecruzan estos caminos, de qué manera compatibilizan dos personas que llenan de luces  el mundo entero cuando se funden el uno con el otro, pero cuando no se rozan las manos la noche queda sin nebulosas ni galaxias, sumida en una  penumbra oscurísima y decepcionante.

jueves, 17 de septiembre de 2026

Estándares cola modernos

No esperaba a M. en este cálido domingo por la tarde de septiembre. Pero el match fue instantáneo, luego de los infinitos intentos frustrados de quedar por Grindr con alguno que resultara lo suficientemente confiable y ajustado a los gustos que aún estoy tratando de entender cuáles son. 

Le envío mi dirección y el código de entrada, voy por un Sauvignon Blanc a la botillería de abajo. Espero con esa ansiedad que se transforma en una burbuja de cristal frágil y efímera que flota en el instante previo a que suene el timbre y se rompa en mil pedacitos de colores imaginarios que inundan el piso flotante, para abrir la puerta a M. que entra con una sonrisa a la plumicueva. 


La tarde entera se funde a su alrededor, sobre su manera de llenar el mundo entero con su esencia, o al menos los 36 metros cuadrados de mi departamento. Siento que el tiempo avanza más lento y sus palabras se mueven a velocidad 0,5x cuando la luz del atardecer llega en el ángulo preciso para iluminar sus ojos marrones y deseo con ganas el beso que finalmente él se atreve a dar, después de escuchar las distintas vidas que ha vivido en sus 38 años de existencia y de hacerle tanta gracia mi idolatría Swiftie. 


En la cama nos enredamos al compás de las canciones de Teddy Swims y me dejo llevar por la humedad de sus besos, el olor de su piel suave y pienso que el vaivén de nuestros cuerpos es correspondido como hace mucho no ocurría, hasta que a la siguiente cita me confiesa que esperaba que lo guiaras más, en ese segundo acto que no llegó a consumarse, ya por temor, ya por angustia convertida en una tremenda telaraña que atrapa los latidos de un corazón que se está aun recomponiendo a causa de heridas del pasado (probablemente Marco entonaría esa canción triste que dice: Miau miAu miau Miau miau). 


A pesar de todo agradezco tanto a M., por su comprensión y empatía con el hecho un tanto vergonzoso de no completar un polvo como se debe según los estándares colas del año 2025, lo que hace que el último abrazo que nos damos desnudos sea mucho más tierno aún. 


La cama, la casa, el edificio, Ñuñoa y el planeta entero parecen vacíos y fríos cuando se despide por segunda vez, como si por un instante se hubiera congelado el correr de los segundos para dar un pequeño suspiro antes de continuar con la vida de adulto responsable. (¿M. se ha marchado para no volver? (Lamentosa alusión obvia a su nombre que seguirá girando en el aire de la plumicueva por un tiempo))

miércoles, 16 de septiembre de 2026

Magia caduca

La magia ocurre con J.C. cuando, de la nada, te propone ir al cine justamente a ver la película que tenías en mente, después de que habías decretado que ese fin de semana irías acompañado o, de lo contrario, tendrías una nueva cita en solitario contigo mismo y tus múltiples identidades. J.C. se cree de lo más valiente, pero se asusta de verdad con las películas de terror, excusa perfecta para tomarse de la mano y acariciarse en secreto, rompiendo por fin, después de veinte años, la maldición de aquella cita frustrada de Aguas turbias.


Quedarse juntos después en tu departamento y pedir comida india, se suma al torbellino de primeras veces que ha significado este último año.


Te gusta su voz ronca y su risa espontánea. Calculas la alta probabilidad de haberse cruzado alguna vez en una micro, una calle o algún paradero de la Gran Avenida, considerando todas esas pequeñas coincidencias que fueron apareciendo durante aquella noche de domingo.


Pero, por lejos, lo mejor de J.C. son sus besos. Sus labios entre las sábanas y los cojines recién comprados. Abrazarse en la madrugada, volver a besarse hasta el amanecer y luchar contra la temible alarma que anuncia que hay que irse a la pega.


Salen juntos del edificio en una mañana idílica y un poco metafísica, como sacada de un cuadro de Dalí. Se despiden en Irarrázaval, en direcciones distintas. Lo miras desde el otro andén antes de que un carro del metro lo absorba y te lo arrebate.


Piensas en sus labios, en las galletas del desayuno y en si volverán a encontrarse algún día para ver películas de terror aún no estrenadas, descargadas desde alguna plataforma de dudosa procedencia. Piensas todo eso mientras escuchas Britney camino al trabajo, con una sonrisa imposible de borrar y que todos notan en la reunión de los lunes, 


Lástima que, tres Doritos después, en la cita siguiente, J.C. llegue de un after claramente empastillado e intente empujarte a asumir un rol en la cama que no te acomoda del todo (o que todavía estás tratando de entender). Así es como la magia con J.C. se acaba, casi tan rápido como llegó. Pero al menos esta vez no volviste a forzarte a hacer algo que no querías, como llevabas tanto tiempo haciendo por un otro, entre tantos magos cuchufletos.

martes, 15 de septiembre de 2026

Todo orbita alrededor de D. cuando aparece, como si tuviera un efecto gravitacional sobre el cosmos y las distintas realidades que nos definen. Por eso quizá es tan extraño tener el privilegio de girar alrededor de su rotación, como una luna que moldea sus mareas, el vuelo de los pájaros, la música que suena en el parlante de su pieza, las luces que destellan desde su sonrisa en el karaoke de Fausto, el compás de un ritmo pop mezclado en la discoteca. 

Pero más extraño es notar que, a veces, te permite a ti el ser el centro de la galaxia, observando su luz girando alrededor tuyo y no al revés. Quizá  eso es uno de las recuerdos más entrañable de una noche de sábado fervorosa e improvisada.

D. trae consigo muchas heridas que le ha deparado la vida. Algunas de ellas las cubre detrás del bigote. A pesar de todo, su sueño es tan apacible y profundo. En sus ojos cerrados y sus pestañas largas se funden la noche, las luces de la ciudad, el humo de sus cigarros artesanales, las copas de vino tinto. 

Todo eso, con nuestros besos en la mañana al despertar, gira también alrededor de él, en un anillo de escombros galácticos en la estratósfera de su vida. 

viernes, 11 de septiembre de 2026

X

F. cobra barato y le puedes pedir un Uber para que se venga a tu departamento. No anda con rodeos y hace bien su trabajo, cumple con lo prometido. Tiene un cuerpo esculpido al detalle, entrena cinco veces por semana. Hace un sexo oral que te vuelve loco, de esos que solo habías visto en videos, con una facilidad que impresiona. 

Te sorprende lo joven que es, lo mucho que tiene aún por vivir. Estudió una carrera universitaria en Cali, Colombia, pero nunca se dedicó a aquello. Le rentaba más este tipo de trabajo, clientes no le faltaban.


Tiene planes de dejar Chile, conseguir una mejor vida para su madre con quien vive en un pequeño y deplorable departamento en Independencia. 


En un par de semanas vuela a Barcelona para unas merecidas vacaciones. 


Vuelves a pensar en que debería tener un futuro más próspero, explotar mejor sus habilidades. Esa misma noche encontraste en X sus videos para adultos y las cientos de colaboraciones que ha hecho con actores porno. 


Tal parece que sus habilidades ya estaban siendo bastante bien explotadas. 

jueves, 10 de septiembre de 2026

Selva


Dice que se llama G., pero probablemente sea un nombre inventado para que no lo reconozcan ni pudieran stalkearlo por redes sociales. Nació en Venezuela, en algún lugar de la llanura, y hace unos años emprendió su viaje hacia el sur del mundo, sin mucho qué ganar, con tantas cosas que perder. Primeramente, se instaló en Lima un par de meses para probar suerte, pero rumores de tierras aún más lejanas le llegaban constantemente, manteniendo vivo dentro suyo el deseo algo mejor. Un tiempo después cruzó ilegalmente la frontera del norte de Chile y se instaló en Santiago, con una colección de sueños por cumplir.
 


Y ya verá cómo logrará alcanzar esos sueños. Mientras tanto se dedica a hacer masajes tántricos a hombres con final feliz cuando los clientes colaboran en el proceso. Y quizá, sin saberlo, a algunos clientes también les mantiene vivo el deseo de algo mejor.



miércoles, 9 de septiembre de 2026

El primer beso (después de 17 milenios)

A. te sorprende con cada cosa que hace. Tiene los ojos del color del mar del caribe cuando se junta con el cielo en un abrazo fraterno. Es un tanto impredecible y nunca sabes que esperar de él. A veces está popeado, otras veces está volado en marihuana, otras, tal vez, empastillado, lo que lo vuelve aún más espontáneo. De esa forma encanta y entretiene. Da gusto seguirlo cogido de la mano entre la fiesta llena de colas fuertes hasta encontrar un espacio para los dos donde pedirle un beso no cause culpa, el primero después de 17 años besando los mismos labios. 

A. a veces baila conmigo, parece que no le gusta que le besen el cuello. A. veces termina bailando y besándose con alguien más mientras la noche va avanzando. Yo me quedo en un rincón de la fiesta mirándole, pero no me molesta, ya no tengo dieciséis (aunque la crisis existencial que tuve encerrado en el baño del círculo español sugiera lo contrario).


Avanza la noche y no queda de otra que pedir el Uber e irse al departamento sin él.