jueves, 17 de septiembre de 2026

Estándares cola modernos

No esperaba a M. en este cálido domingo por la tarde de septiembre. Pero el match fue instantáneo, luego de los infinitos intentos frustrados de quedar por Grindr con alguno que resultara lo suficientemente confiable y ajustado a los gustos que aún estoy tratando de entender cuáles son. 

Le envío mi dirección y el código de entrada, voy por un Sauvignon Blanc a la botillería de abajo. Espero con esa ansiedad que se transforma en una burbuja de cristal frágil y efímera que flota en el instante previo a que suene el timbre y se rompa en mil pedacitos de colores imaginarios que inundan el piso flotante, para abrir la puerta a M. que entra con una sonrisa a la plumicueva. 


La tarde entera se funde a su alrededor, sobre su manera de llenar el mundo entero con su esencia, o al menos los 36 metros cuadrados de mi departamento. Siento que el tiempo avanza más lento y sus palabras se mueven a velocidad 0,5x cuando la luz del atardecer llega en el ángulo preciso para iluminar sus ojos marrones y deseo con ganas el beso que finalmente él se atreve a dar, después de escuchar las distintas vidas que ha vivido en sus 38 años de existencia y de hacerle tanta gracia mi idolatría Swiftie. 


En la cama nos enredamos al compás de las canciones de Teddy Swims y me dejo llevar por la humedad de sus besos, el olor de su piel suave y pienso que el vaivén de nuestros cuerpos es correspondido como hace mucho no ocurría, hasta que a la siguiente cita me confiesa que esperaba que lo guiaras más, en ese segundo acto que no llegó a consumarse, ya por temor, ya por angustia convertida en una tremenda telaraña que atrapa los latidos de un corazón que se está aun recomponiendo a causa de heridas del pasado (probablemente Marco entonaría esa canción triste que dice: Miau miAu miau Miau miau). 


A pesar de todo agradezco tanto a M., por su comprensión y empatía con el hecho un tanto vergonzoso de no completar un polvo como se debe según los estándares colas del año 2025, lo que hace que el último abrazo que nos damos desnudos sea mucho más tierno aún. 


La cama, la casa, el edificio, Ñuñoa y el planeta entero parecen vacíos y fríos cuando se despide por segunda vez, como si por un instante se hubiera congelado el correr de los segundos para dar un pequeño suspiro antes de continuar con la vida de adulto responsable. (¿M. se ha marchado para no volver? (Lamentosa alusión obvia a su nombre que seguirá girando en el aire de la plumicueva por un tiempo))

miércoles, 16 de septiembre de 2026

Magia caduca

La magia ocurre con J.C. cuando, de la nada, te propone ir al cine justamente a ver la película que tenías en mente, después de que habías decretado que ese fin de semana irías acompañado o, de lo contrario, tendrías una nueva cita en solitario contigo mismo y tus múltiples identidades. J.C. se cree de lo más valiente, pero se asusta de verdad con las películas de terror, excusa perfecta para tomarse de la mano y acariciarse en secreto, rompiendo por fin, después de veinte años, la maldición de aquella cita frustrada de Aguas turbias.


Quedarse juntos después en tu departamento y pedir comida india, se suma al torbellino de primeras veces que ha significado este último año.


Te gusta su voz ronca y su risa espontánea. Calculas la alta probabilidad de haberse cruzado alguna vez en una micro, una calle o algún paradero de la Gran Avenida, considerando todas esas pequeñas coincidencias que fueron apareciendo durante aquella noche de domingo.


Pero, por lejos, lo mejor de J.C. son sus besos. Sus labios entre las sábanas y los cojines recién comprados. Abrazarse en la madrugada, volver a besarse hasta el amanecer y luchar contra la temible alarma que anuncia que hay que irse a la pega.


Salen juntos del edificio en una mañana idílica y un poco metafísica, como sacada de un cuadro de Dalí. Se despiden en Irarrázaval, en direcciones distintas. Lo miras desde el otro andén antes de que un carro del metro lo absorba y te lo arrebate.


Piensas en sus labios, en las galletas del desayuno y en si volverán a encontrarse algún día para ver películas de terror aún no estrenadas, descargadas desde alguna plataforma de dudosa procedencia. Piensas todo eso mientras escuchas Britney camino al trabajo, con una sonrisa imposible de borrar y que todos notan en la reunión de los lunes, 


Lástima que, tres Doritos después, en la cita siguiente, J.C. llegue de un after claramente empastillado e intente empujarte a asumir un rol en la cama que no te acomoda del todo (o que todavía estás tratando de entender). Así es como la magia con J.C. se acaba, casi tan rápido como llegó. Pero al menos esta vez no volviste a forzarte a hacer algo que no querías, como llevabas tanto tiempo haciendo por un otro, entre tantos magos cuchufletos.

martes, 15 de septiembre de 2026

Todo orbita alrededor de D. cuando aparece, como si tuviera un efecto gravitacional sobre el cosmos y las distintas realidades que nos definen. Por eso quizá es tan extraño tener el privilegio de girar alrededor de su rotación, como una luna que moldea sus mareas, el vuelo de los pájaros, la música que suena en el parlante de su pieza, las luces que destellan desde su sonrisa en el karaoke de Fausto, el compás de un ritmo pop mezclado en la discoteca. 

Pero más extraño es notar que, a veces, te permite a ti el ser el centro de la galaxia, observando su luz girando alrededor tuyo y no al revés. Quizá  eso es uno de las recuerdos más entrañable de una noche de sábado fervorosa e improvisada.

D. trae consigo muchas heridas que le ha deparado la vida. Algunas de ellas las cubre detrás del bigote. A pesar de todo, su sueño es tan apacible y profundo. En sus ojos cerrados y sus pestañas largas se funden la noche, las luces de la ciudad, el humo de sus cigarros artesanales, las copas de vino tinto. 

Todo eso, con nuestros besos en la mañana al despertar, gira también alrededor de él, en un anillo de escombros galácticos en la estratósfera de su vida. 

viernes, 11 de septiembre de 2026

X

F. cobra barato y le puedes pedir un Uber para que se venga a tu departamento. No anda con rodeos y hace bien su trabajo, cumple con lo prometido. Tiene un cuerpo esculpido al detalle, entrena cinco veces por semana. Hace un sexo oral que te vuelve loco, de esos que solo habías visto en videos, con una facilidad que impresiona. 

Te sorprende lo joven que es, lo mucho que tiene aún por vivir. Estudió una carrera universitaria en Cali, Colombia, pero nunca se dedicó a aquello. Le rentaba más este tipo de trabajo, clientes no le faltaban.


Tiene planes de dejar Chile, conseguir una mejor vida para su madre con quien vive en un pequeño y deplorable departamento en Independencia. 


En un par de semanas vuela a Barcelona para unas merecidas vacaciones. 


Vuelves a pensar en que debería tener un futuro más próspero, explotar mejor sus habilidades. Esa misma noche encontraste en X sus videos para adultos y las cientos de colaboraciones que ha hecho con actores porno. 


Tal parece que sus habilidades ya estaban siendo bastante bien explotadas. 

jueves, 10 de septiembre de 2026

Selva


Dice que se llama G., pero probablemente sea un nombre inventado para que no lo reconozcan ni pudieran stalkearlo por redes sociales. Nació en Venezuela, en algún lugar de la llanura, y hace unos años emprendió su viaje hacia el sur del mundo, sin mucho qué ganar, con tantas cosas que perder. Primeramente, se instaló en Lima un par de meses para probar suerte, pero rumores de tierras aún más lejanas le llegaban constantemente, manteniendo vivo dentro suyo el deseo algo mejor. Un tiempo después cruzó ilegalmente la frontera del norte de Chile y se instaló en Santiago, con una colección de sueños por cumplir.
 


Y ya verá cómo logrará alcanzar esos sueños. Mientras tanto se dedica a hacer masajes tántricos a hombres con final feliz cuando los clientes colaboran en el proceso. Y quizá, sin saberlo, a algunos clientes también les mantiene vivo el deseo de algo mejor.



miércoles, 9 de septiembre de 2026

El primer beso (después de 17 milenios)

A. te sorprende con cada cosa que hace. Tiene los ojos del color del mar del caribe cuando se junta con el cielo en un abrazo fraterno. Es un tanto impredecible y nunca sabes que esperar de él. A veces está popeado, otras veces está volado en marihuana, otras, tal vez, empastillado, lo que lo vuelve aún más espontáneo. De esa forma encanta y entretiene. Da gusto seguirlo cogido de la mano entre la fiesta llena de colas fuertes hasta encontrar un espacio para los dos donde pedirle un beso no cause culpa, el primero después de 17 años besando los mismos labios. 

A. a veces baila conmigo, parece que no le gusta que le besen el cuello. A. veces termina bailando y besándose con alguien más mientras la noche va avanzando. Yo me quedo en un rincón de la fiesta mirándole, pero no me molesta, ya no tengo dieciséis (aunque la crisis existencial que tuve encerrado en el baño del círculo español sugiera lo contrario).


Avanza la noche y no queda de otra que pedir el Uber e irse al departamento sin él. 

lunes, 7 de septiembre de 2026

Durante mucho tiempo he escrito en este blog desde una mirada creativa, torciendo un poco la realidad, para llevar mi imaginación a lugares donde se pueda sobrevivir a una vida monocromática que, a menudo, suele ser un tantito dura y cruda. Pocas veces he llevado mi narrativa a una descripción fidedigna  de la realidad, porque al final ¿qué es la realidad para uno y qué es para otros? 


Si la vida resulta ser este desafío diario de tener que existir, así, desnuda y sin maquillaje, me parece bastante aburrida la verdad. Por lo que ponerle make up de Drag Queen, pegarle pestañas y pintarle los labios rojo carmesí para embellecerla un poco, no me parece nada de malo. Así evitamos caer en una apoptosis de cuerpo y alma. 


Heme aquí por primera vez (tal vez), escribiendo desde una vereda más concreta. 


Los siguientes relatos son parte de una bitácora de un viaje interior que me auto-impuse, para deconstruirme. Y en este viaje hubo ciertos chicos en quienes, de alguna manera,  me vi reflejado. No importan muchos sus nombres, sino más bien cómo me fui descubriendo a través de ellos para liberarme de ataduras con las que cargaba desde hace miles de años (esto no es una metáfora). 


Y quizá a través de ellos, me fui proyectando en este nuevo yo, dejando en pausa ese tal-vez-quizá-podría-ser, para por fin ser el protagonista de mi propia historia.


Estos son algunos de esos relatos, escritos de la forma más verdadera que he intentado hasta ahora.


(Spoiler: existe igualmente un poco de fantasía. Sorry, hay cosas que no tienen cura.)

domingo, 14 de diciembre de 2025

Yo no te pido la luna (de colores)


Mejor no esperar nada de esta noche de sábado. ¿Qué puede salir mal si tenemos esta ciudad entera para nosotros y poder embarcarnos en una cápsula del tiempo que nos haga retroceder a épocas remotas? Quien diría que después de una botella de vino tinto y chocolates Verona encontraríamos aquel escondite al lado del puente y frente al río, en un rincón que podría pasar desapercibido si no se le presta suficiente atención. Un lugar donde se amalgaman dimensiones de colores y plumas, en el que ambos fuimos protagonistas de nuestra propia película retro, dejando de lado los personajes secundarios que somos en la semana haciendo clases, teniendo reuniones durante el día y tratando de tener encuentros con desconocidos por la noche que nos hagan descargar este cortisol que nos mantiene con el corazón palpitando a cada segundo del día, olvidándonos por un rato de lo terriblemente solos que estamos. 


Y en este escondite viajamos del pasado al presente y al pasado nuevamente. Me vi a mí mismo sonriendo como no lo hacía desde hace mucho tiempo en los cristales plateados que refractan las luces de esta fiesta y doblegándolas al compás de una drag haciendo un lip sync de Kylie Minogue, y todos en esta nueva realidad fuimos capaces (aunque sea por un par de horas esta noche) de ser las mejores versiones de nosotros mismos, sin temor al qué dirán ni cómo nos veremos en las historias de instagram de los desconocidos que nos graban sin querer. 


Como me había propuesto hace un tiempo, todos mis colores salpicaron cuando mi corazón explosionó manchando las paredes, ahogándose dentro de tu tercer vaso de Tom Collins, enmudeciendo los micrófonos del karaoke cantando Rocío Dúrcal y Daniela Romo, empapando la peluca de la drag queen más icónica de Chile e impregando de bellos pigmentos a tus labios con los míos, abrazados en la noche, yo oliendo tu cabello con trazas de tabaco cuando ya estábamos de vuelta en tu apartamento en mitad de esta madrugada de nunca acabar. Tú siendo tan tú, con ese brillo en la mirada que se reproducirá en mi cabeza como un loop incesante por el resto de la semana, al tomarme un café en la mañana, al cruzar Santa Isabel en bicicleta, en medio de una reunión en la oficina, entre medio de tantos torrentes dando vueltas por mi mente (sí, alusión directa a La Gata bajo la lluvia).


Y mañana ya de nuevo es lunes, miro la ciudad desde la terraza, ahora solo en esta noche de domingo. Reviso el celular, no hay ningún mensaje tuyo y un círculo verde al lado de tu foto de perfil me indica que estás conectado a 477 metros de distancia. De seguro estas esperando un fueguito. Pero no me preocupo, no espero que me escribas y elimino la aplicación. Miro de nuevo la ciudad y entre sus luces creo que logro distinguir a lo lejos el destello de esos colores de la noche anterior aún proyectando su brillo hacia el cielo sin desvanecerse completamente del todo, perdiéndose con las estrellas que brillan también en lo alto del firmamento.