No esperaba a M. en este cálido domingo por la tarde de septiembre. Pero el match fue instantáneo, luego de los infinitos intentos frustrados de quedar por Grindr con alguno que resultara lo suficientemente confiable y ajustado a los gustos que aún estoy tratando de entender cuáles son.
Le envío mi dirección y el código de entrada, voy por un Sauvignon Blanc a la botillería de abajo. Espero con esa ansiedad que se transforma en una burbuja de cristal frágil y efímera que flota en el instante previo a que suene el timbre y se rompa en mil pedacitos de colores imaginarios que inundan el piso flotante, para abrir la puerta a M. que entra con una sonrisa a la plumicueva.
La tarde entera se funde a su alrededor, sobre su manera de llenar el mundo entero con su esencia, o al menos los 36 metros cuadrados de mi departamento. Siento que el tiempo avanza más lento y sus palabras se mueven a velocidad 0,5x cuando la luz del atardecer llega en el ángulo preciso para iluminar sus ojos marrones y deseo con ganas el beso que finalmente él se atreve a dar, después de escuchar las distintas vidas que ha vivido en sus 38 años de existencia y de hacerle tanta gracia mi idolatría Swiftie.
En la cama nos enredamos al compás de las canciones de Teddy Swims y me dejo llevar por la humedad de sus besos, el olor de su piel suave y pienso que el vaivén de nuestros cuerpos es correspondido como hace mucho no ocurría, hasta que a la siguiente cita me confiesa que esperaba que lo guiaras más, en ese segundo acto que no llegó a consumarse, ya por temor, ya por angustia convertida en una tremenda telaraña que atrapa los latidos de un corazón que se está aun recomponiendo a causa de heridas del pasado (probablemente Marco entonaría esa canción triste que dice: Miau miAu miau Miau miau).
A pesar de todo agradezco tanto a M., por su comprensión y empatía con el hecho un tanto vergonzoso de no completar un polvo como se debe según los estándares colas del año 2025, lo que hace que el último abrazo que nos damos desnudos sea mucho más tierno aún.
La cama, la casa, el edificio, Ñuñoa y el planeta entero parecen vacíos y fríos cuando se despide por segunda vez, como si por un instante se hubiera congelado el correr de los segundos para dar un pequeño suspiro antes de continuar con la vida de adulto responsable. (¿M. se ha marchado para no volver? (Lamentosa alusión obvia a su nombre que seguirá girando en el aire de la plumicueva por un tiempo))
No hay comentarios:
Publicar un comentario