A. te sorprende con cada cosa que hace. Tiene los ojos del color del mar del caribe cuando se junta con el cielo en un abrazo fraterno. Es un tanto impredecible y nunca sabes que esperar de él. A veces está popeado, otras veces está volado en marihuana, otras, tal vez, empastillado, lo que lo vuelve aún más espontáneo. De esa forma encanta y entretiene. Da gusto seguirlo cogido de la mano entre la fiesta llena de colas fuertes hasta encontrar un espacio para los dos donde pedirle un beso no cause culpa, el primero después de 17 años besando los mismos labios.
A. a veces baila conmigo, parece que no le gusta que le besen el cuello. A. veces termina bailando y besándose con alguien más mientras la noche va avanzando. Yo me quedo en un rincón de la fiesta mirándole, pero no me molesta, ya no tengo dieciséis (aunque la crisis existencial que tuve encerrado en el baño del círculo español sugiera lo contrario).
Avanza la noche y no queda de otra que pedir el Uber e irse al departamento sin él.
No hay comentarios:
Publicar un comentario