miércoles, 31 de agosto de 2022

(des)Memorias del puerto

Estas calles ya las recorrimos, 

a estos gatos ya los hemos visto. 


El graznar de las gaviotas no nos era algo extraño ni los escalones de los pasajes escondidos nos parecía nada nuevo. 

Esas fotos ya las habíamos tomado, descansaban en un álbum perdido en nuestros teléfonos. 

La melodía la conocíamos de algún lado, probablemente la habíamos tarareado inconscientemente para nuestro adentro camino al puerto.


Resulta que nada es desconocido, pero de algún modo lo percibimos diferente, como si los haces de luz se refractaran de forma distinta, resquebrajando la imagen ya dicotómica en nuestras memorias, pero aquí y ahora de frente se vuelve más misteriosa aún.


Será quizá la misma gente, seremos quizá nosotros los mismos de siempre, pero algo ha mutado y se ha transcrito, una versión mejorada y metaplásica de los niños pequeños que fuimos hace 7 años, aquellos que recorrían rincones ocultos para permanecer en el tiempo de forma eterna, buscando nuestras almas perdidas sin saber que no teníamos nada perdido, que todo va dentro y se va reflejando de acuerdo a cómo la luz nos va descubriendo a través de las bruma que envuelve las calles vacías de la ciudad por las mañanas.


Y así como este paseo sin recorrer ya lo hemos recorrido, de igual forma te tomo y no te tomo del brazo de vuelta del restaurante luego de cenar mariscos maridados con vino pero sin vino blanco, caminamos de ida pero de vuelta a nuestra casa que no es nuestra, nos quedamos y a la vez nos arrancamos de ese escondite en el que fuimos pero no somos nosotros los de siempre, nosotros los de nunca, permaneciendo eternamente.


Valparaíso, agosto 2022



domingo, 7 de noviembre de 2021

Playa Eterna



Vivirán en el perpetuo vaivén de las olas, en la arena que se cuela entre los dedos y desparece llevada granito tras granito por el viento. 


Quedarán en el recuerdo de días de playa, el sol dorado cubriendo todo como en un sueño de verano. Porque la vida aún les jugaría a favor, noviembre aún tendría muchos números en el calendario, lejanos estarían  los días póstumos y lúgubres de niebla y crepúsculo.


Hoy este día de playa es infinito, soñando los niños que tendrían bajo vuestro manto, que correrían hasta el mar desafiando valientes las olas, armando castillos de arena, imaginando también el mundo a punta de pala y baldes de agua. 


Luego vendrán sus nietos y más tarde aún, quien sabe, los bisnietos. Resonarán las risas de todos aquellos que están y dejaron de estar, sin saber que en ese momento el abrazo debió haber sido quizá más apretado y un tantito más largo. 


Y el eco de esas voces reverberarían por muchos años dentro las conchitas abandonadas en la arena por unos crustáceos primitivos, pero ese día no se dieron cuenta de su sonido porque el susurro se mezclaba con la brisa y sus respiraciones agitadas mientras corrían riendo juntos de la mano por la playa, esa eterna playa.







Nena y Tata,

Octubre y noviembre 2021.


jueves, 24 de diciembre de 2020

Teoría de permanencia



Sí.

A veces realmente sí.

Hay días en los que la nostalgia te envuelve desde la mañana, te abraza  durante el día, te acompaña en un puesto de la mesa durante el almuerzo y luego te acurruca en la cama, llegada la noche.

¿Serán los días venideros tras los que ya vinieron una sucesión de eventos neuronales, que posteriormente permanecerán como recuerdos?

Recuerdos pequeños, 

diminutos,

Dimi-dimi-diminutos.

De los más etéreos, aquellos primitivos, que ejercen la más mínima influencia en los aconteceres de los días sábado, en la mañana, tomando desayuno.


Jamás los retomarás (a los recuerdos de aquellos días de nostalgia, bien digo) pasarán desapercibidos como una sonrisa en la calle, la más coqueta de todas, pero detrás de una mascarilla.


Pero tratas fehacientemente de aferrarte a ellos, de repetirlos en tu memoria como un libreto aprendido por un actor de teatro experimental:

No quieres que se vayan.

Quieres que permanezcan eternos,

infinitos,

inagotables,

como las hojas del quillay de la vereda de enfrente.


Buscas alguna evidencia de que tu teoría es cierta: que solo así uno es eterno, si el recuerdo permanece en la memoria. Pero no el recuerdo de lo que tú eres para el resto, sino que los tuyos propios proyectados en el espacio: estos recuerdos luego de interminables repeticiones se transforman en algo palpable , en una intención que perdura a través del tiempo. Quizá te aterra el saber que todo tiene un fin, odias los finales de tus series favoritas, no te convence la idea de que todo se va a separar en miles de pequeñas moléculas y se transformará en el más impenetrable de los hielos.


En esa búsqueda de certezas, te empeñaste en buscar en páginas de internet rastros de otras existencias efímeras como la tuya. Buscaste una semana completa vídeos del año 1996 (nunca sabré bien porqué escogiste esta fecha para empezar, pero tengo mis teorías). Viste los vídeos de Laura Branigan en el Festival de Viña del Mar.  Pero no era la existencia de ella la que te interesaba. Aunque muy tristemente dejó ella de existir a los 47 años y por lo mismo podría haber sido una candidata de tu investigación. Pero no, no resultaba así . Debías buscar la certeza en sólo aquellos que destacaban menos, los más irrelevantes, pero con el ímpetu a flor de piel, con ese ahínco de permanencia, como tú.


Entonces no era Laura cantando Self Control, recibiendo una antorcha de plata. Era la modelo que le llevaba el trofeo, pero quedaba totalmente descartada si ese inicio en su carrera la llevaba a ser presentadora de productos de belleza, en los comerciales del día viernes entre medio del estelar más popular del canal trece. Tal vez, solo tal vez, si hubiese sido de los comerciales del día domingo, temprano en la mañana, cuando prácticamente nadie está despierto. O quizá alguien del público, con una pancarta elevada al aire con un mensaje de saludo a su comuna de origen, como si aquello fuera la primera cosa que se le vino a la cabeza al momento de escribir en el cartón. O cualquiera que al momento de ser enfocados en la pantalla no se supiera la letra de las canciones y moviera la boca balbuceando algo ininteligible, y que saludaría con euforia al instante volátil de darse cuenta que su cara está siendo proyectada en las pantallas del escenario.


Luego fueron los reportajes en el periódico de internet. No eran las noticias de la portada, claro. Eran más bien las últimas publicaciones al deslizar incansablemente la página hasta el final. Las noticias de descubrimientos de Exoplanetas eran perfectas. Pero tampoco era el reportaje realizado por una estudiante de periodismo que estaba  haciendo su práctica profesional en un diario que en su versión impresa obtenía escasas ventas en los negocios de la esquina,  eran los comentarios publicados, los menos comentado eran los mejores candidatos. Hacer click en la página personal de la persona que comentaba y revisar su muro, por muy psicopático que pareciera. Descubrir sus gustos personales, para deducir entonces su gusto en la comida de los días lunes o su tendencia musical para deducir entonces los bares que visitaba cuando salía de parranda, si es que no había una notificación de compromiso en su estado personal.


Y sí, 

A veces realmente sí los días te van pasando unos sobre otros, mirando la ciudad marchita tras la ventana, los edificios con sus encuadres desdibujando el horizonte, creando un nuevo paisaje, 

y tú despertando 

y tú durmiendo

y tú despertando otra vez más,

con ese dilema de existir para qué, para quién...


Deseando que todo ese pensamiento,

toda esa melancolía de entender la alta probabilidad de no permanecer en el tiempo, tenga un buen destino. Te despelleja ese temor de desparecer, quizá por eso y no por otra cosa continúas levantándote cada mañana, preparándote el café con leche y pan tostado con mantequilla.


Pero sucede que sí,

siempre sí,

tuviste razón todo el tiempo.


No es esto una declaración de intención, una palmada en la espalda para hacerte sentir bien. Es que tu teoría de la permanencia realmente tiene algo de cierto. Te lo digo yo, que luego de muchos años te escribo estas palabras, tiempo después de que finalmente  desapareciste por tu propia decisión un día 02 de noviembre. 


Y buscándote de la misma forma en que buscabas a otros sin saber que encontrar, te hallé un día cualquiera, como todos los otros días que vienen pasando tras de mí y de ese modo entiendo ahora todos tus pensamientos, 

toda tu forma de entender el cosmos y tus días de nostalgia y permaneces ahora, siempre y nunca al mismo tiempo, en todo momento, en todo lugar. 



jueves, 26 de noviembre de 2020

Cronoscópico

Entre una videollamada y otra, en medio del teletrabajo, descubriste el sabor amargo de lo cronoscópico.


Tardaste 53 años mil años (¿o serían 42 segundos?) en comprender que no es que perdías el tiempo, lo que sucede en verdad es que el tiempo se perdía en ti.


Nada como los recuerdos taciturnos de un futuro lejano, la memoria melosa de que lo bueno siempre llegará después.


Nada como las ilusiones delirantes de un pasado borrado, la irresoluta añoranza de que fuiste algo importante, más que la serpentina pisoteada en la alfombra después de la fiesta con algunas botellas de espumante para niños esparcidas por el piso.


¿Será entonces el ayer, un mañana para otro?


Sí, te contestan algunos compañeros de la reunión, los que se conectan tarde, claramente, echándole la culpa a problemas de banda ancha.


Si hoy estás de la forma en que siempre has estado, toda vez que los pulsos cruzan tu alma y te dejan sin aliento. Quien sabe quizá si mañana estarás de la forma de siempre, en una ameba rebelde o mejor aún, en la transposición de moléculas del ser multicelular más desarrollado de un planeta violeta en la estrella Kepler.


Qué día es hoy, si mañana es jueves y antes de ayer domingo. Trescientos quince soles contaste al amanecer pero solo 17 viste en el crepúsculo.


Qué sucederá con los que vienen, qué tiempos le esperarán. Serán deseosos de soltar el silencio guardado, de esperar el momento perfecto, cuando el momento perfecto ya había pasado: 

lo anunciaron en las noticias:

“Hoy desaparecieron todos los relojes del mundo” decían los titulares.


Ya no habrá un después y el antes es no más que un dulce imaginario, ser parte de todo sin ser la pieza que faltaba o el eslabón imprescindible...

.

.

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....Todo el big bang y la inflación cósmica se detienen en un segundo infinito pero tan  frágil que se desvanece al aparecer en la pantalla el aviso de una llamada entrante.


jueves, 17 de septiembre de 2020

puentes

Son todos esos puentes que unen lo incierto con lo auténtico,

ese delgado hilo que teje a diario redes de confusión en las miradas que cruzas en la calle.

Esas conexiones frágiles que estableces con la realidad,

porque en los sueños siempre es grato pasar una tarde entera tomando una copa de vino, en un parque, a la espera del atardecer.

Se van acercando cada días más a esa orilla donde los momentos son sólidos,

tangibles,

degustables,

ni tan volátiles como aquellos recuerdos de madrugada, temblando en la cama buscando respuestas y espantando fantasmas.

Pero a veces el puente no es de hierro forjado,

es un puente colgante, derruido por el tiempo,

a punto de cortar sus amarras,

dejándote en caída libre a un vacío de olvido,

aferrándote a la idea,

a la pequeña esperanza,

que  en ese descenso estrepitoso,

te hayas puesto tu paracaídas de emergencia.

sábado, 29 de agosto de 2020

tercera causal

Todo gira en remolinos en la cabeza, los mensajes en el teléfono suenan por montón y son más complicados que esos remolinos turbulentos.

“Todo es un menjunje”, como decía la abuela. Quizá si la abuela estuviera hoy, preparándose su desayuno en la mañana, estaría como nunca callada, pensativa, con la mirada perdida, pensando en qué aconsejar en estas circunstancias, tomándose un té de bailahuén.

Quizá su consejo hubiera cambiado el transcurso de la cosas, hubiera apaciguado el remolino. 

Su mundo, en su tiempo, era tan distinto al de ahora.

No es el posible consejo, no es tampoco la ilusión de niña mientras yo jugaba con mis muñecas regaladas en navidad.

No es la mirada del señor que me hizo la ecografía, ni la fotografía en blanco y negro de lo que va creciendo dentro mío.

Son los recuerdos en la memoria, las pesadillas en la noche, despertar con el pelo pegado de sudor detrás del cuello. Es el cuello que agarrabas con una mano, el peso de tu cuerpo sobre mí, tu aliento entrando y saliendo mil veces en cada jadeo, comiéndose mis pulmones, masticando mis entrañas e implantándose en las cavidades abatidas, en ese desolado nicho donde brotan millones de lastimosas células como un menjunje de tejidos. 

No es el camino de años a cuestas, es ponerle fin a todo esto  el día lunes, entrando al hospital a las ocho de la mañana. 

domingo, 23 de agosto de 2020

la paz y la verdad

No hay verdad que por muy verdadera que sea 

se convierta en la más absoluta, 

la que reine por sobre todos 

en cada uno de los presentes.

Y tú quisieras encontrar la palabra perfecta

la que perdure más en el tiempo 

la que prolongue la tranquilidad

porque la paz también es cierta

tan cierta que puedes tocarla.

Y te enamoras de esa paz,

y te la llevas a tu casa

te la llevas a la cama,

y salen a pasear por el parque 

los domingos en la mañana.

Salen a cenar a la comida hindú

los lunes en la noche,

y van al cine de películas clásicas 

los viernes por la tarde.

Y un jueves cualquiera

llegas antes del trabajo 

a tu casa 

porque anunciaron una nueva pandemia en las noticias,

y descubres que la paz 

nunca fue tan cierta,

la pillaste chanchito

disfrazándose muy serena,

muy tranquila

poniéndose su máscara

como si nada.

Y con la misma parsimonia,

se gira y te dice :

“no hay verdad que por muy verdadera que parezca se convierta en la más absoluta”.

Y entonces le tomaste la mano

cariñosamente 

pero con firmeza,

le besaste en los labios 

y le hiciste el amor como nunca esa noche.


jueves, 18 de junio de 2020

Los cuervos

El primer cuervo lo vimos una tibia tarde de otoño, cuando casi todos volvían de sus trabajos a encerrarse en sus departamentos. Cruzó el cielo de nubes rosadas, describiendo una trayectoria irregular quizá producto del agotamiento propio luego de un viaje extenso, apresurado por recostarse sobre la rama de un árbol (como las personas en sus apartamentos).

No fue difícil identificarlo: fue como una mancha en un vestido claro, un lunar aislado en tu piel pálida: pero sí nos costó convencernos de que el cuervo era realmente cuervo y no un murciélago o una ardilla voladora. El último que habíamos visto había sido en Luxemburgo, tan lejos de nuestro lugar, tan lejos de nuestro tiempo actual.

No quedó duda de la veracidad de su existencia cuando al transcurrir los días, los perros ya no se olfateaban las colas ni jugaban como en semanas anteriores. Más aún cuando las abuelas que antes eran muy amigas ahora ni siquiera se decían “Buenas tardes, querida ¿cómo estás?, ¿mucho calor? “

Los días cada día se tornaron más fríos y las hojas de los árboles abandonaban el esqueleto que las sostuvo durante la estación pasada.

Yo me negaba a convencerme a la idea de su llegada, más que por rabia, por el miedo de dejar desaparecer nuestro sueño, que tantos años y abrazos nos costó construir. Pero a cada atardecer que sucedía, más cuervos aparecían sobre los árboles,

Sobre los cables del alumbrado,

En el tejado de las casas,

En la azotea de los edificios,

Durmiendo sobre los autos,

Graznando cada vez que alguno se atreviera a acercarse.

“Nunca pensé que llegarían los cuervos a esta ciudad. Mamá dijo que algún día ocurriría, pero no le creía”- dijo la abuela que caminaba apoyada en su muleta una tarde que me crucé con ella de vuelta del trabajo, quien al parecer se resistía a abandonar su costumbre del paseo diario, aunque ya no hubiera nadie que la acompañase (nadie excepto su perrita negra).

Yo quise responderle que no era nada malo, que todo mejoraría en el siguiente equinoccio, todos volveríamos a ser como antes; los perros volverían a olfatearse las colas y las abuelas volverían a ser amigas, pero cuando me dispuse a abrir la boca para lanzar las palabras, los cuervos comenzaron a gritar en conjunto, fuertemente desde sus nidos, escondidos, ahogando lo que tenía que decirle a la abuela, que para entonces ya estaba tapándose los oídos y las lágrimas brotaban de sus cansados ojos.

Envuelto en un semblante oscuro, cerré los labios, crucé la plaza y me alejé dejando a la abuela solitaria en su banca, en dirección hacia mi apartamento.

Desde el balcón vi la ciudad dormirse y sobre ella, millones de machas negras  despertando bulliciosamente sobre los tejados, emprendiendo el vuelo, dando vueltas por el cielo.



Los cuervos se habían tomado la ciudad


.