Deslizo el pulgar sobre la pantalla en busca de alguna reacción, de algún remezón que haga mover esta quietud de un domingo en la mañana, recién despertando, con ganas de hacer nada, pero queriendo devorarlo todo.
Y todo puede partir con un “Hey”, un “hola” o un “qué tal”, cómo estás?, aquí despertando medio caliente y tú? recién saliendo del after, viendo qué se da. Así van quedando en el olvido las palabras codificadas en mensajes perdidos, otros eliminados, unos cuantos bloqueados, despareciendo en el algoritmo dejándote a veces con la duda, cuando lo que más necesitas en este momento son certezas, aunque sean en formato de foto efímera.
Pero dentro de todo este catálogo de pretensiones, inseguridades y estándares que has batallado en comprender, de pronto llega un TAP de I. y algo en la dopamina que hace entrelazar las sinapsis de tus neuronas te hace sentir que sí, que algo hace sentido en todo este vacío, qué mierda son estos roles establecidos, qué chucha el falocentrismo, al carajo los estereotipos si nunca has sentido que encajas del todo en este círculo, porqué tendría que ser ahora el momento exacto en que todo calce. Pero es cierto, a veces las piezas parecen acoplarse como un Tetris, entonces quedas con H., lo convences a que venga él a tu lugar y no tú al suyo. Preparas la cama, arreglas un poco el baño, te echas esencia de piedra de luna, le dejas unas galletas al perrito para que se distraiga. Le envías el código QR y las indicaciones de ingreso, piso 8, mientras el corazón te palpita con ese temor del primer encuentro, de esa primera mirada al abrir la puerta y también del primer paso al entrar al departamento, todo eso que demora menos de 6 segundos y ya suena el timbre y le abres la puerta a K., porque en ocasiones todo esto ocurre un domingo por la tarde, pero otras veces un martes por la noche. Le ofreces un vaso de agua y pronto te estás dando un beso con I., que ya se va arrodillando para servirse lo que es suyo, por lo menos por esta tarde o unos minutos antes de irse a votar en las presidenciales, porque sabe a lo que viene, si ya es la tercera vez que lo tengo arrodillado en mi piso, para luego invitar a G. a la cama mientras nos vamos quitando torpemente la ropa, besándonos y probando su sabor. A veces tienes temor, pero K. sabe cómo guiarte y se pone de espaldas a la orilla de la cama para hacerlo de la forma correcta, para que entre más fácilmente como lo hace también H., pero da lo mismo la posición ya te has dado cuenta, lo que más te prende es la pasión con que conectas, tal como bien ejecuta J., que luego de tres horas y de que cayera la noche le diste su recompensa, que te rogaba con suplicas que le entregaras, así como también L. muy apasionadamente se rendía ante ti y tu cuerpo, explorando aquellos rincones inexplorados en años, para luego culminar en ese éxtasis de la piel erizada, la espalda encorvada, el sudor de la frente y los espasmos que te llevan al incomprensible ataque de risa que llama la atención de J. o De G. tal vez K. y cuantas veces I.
Y así recoges tus ropas, te limpias donde debes limpiarte, el perrito ya está durmiendo en su cama hace un rato, respetando el espacio de su padre. Te despides así de todos y cada uno, preguntándote con qué trozo de ti se quedaron, como si te fueran descuartizando en pedacitos con cada visita, con cada puerta que se cierra tras la despedida.
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